REENCUENTRO CON UN VIEJO Y DESCONOCIDO AMIGO

En el Piamonte y en su orgullo máximo, Turín, cuna del movimiento obrero italiano y de pensadores marxistas como Antonio Gramsci, lo recuerdan. Un viejo florista puso lo suyo al informar que Pavese cultivaba el vicio, la pequeña debilidad de desayunar en el Caffé Platti, muy cercano del Roma, en la principal esquina de los Corsos Vittorio Emanuele II y Re Umberto, que dal 1875 perfeziona la ospitalitá, según rezan las servilletas, de fina y exquisita pastelería, mermeladas artesanales hechas con frutas de esas colinas que él tanto amó y perpetuó como nadie, un salón de té al fondo con candelabros y sillones forrados en pana roja, carcomida por ser contemporánea de esa hospitalidad. En la Mole Antonelliana, con su cúpula-aguja a 75 metros sobre la ciudad, que la comunidad judía erigió primitivamente como sinagoga y luego legó a Turín para escándalo de los gentiles, uno de los ascensoristas recordó que había una calle, tenía que haber una Via con el nombre del escritor entrañable. En una guía no comercial, en efecto, aparece una pequeña y oscura Cesare Pavese en el barrio obrero de Montefiore, camino al inmenso Palazzo Stupinigi, allá al fondo de un Corso Unione Soviética que ha quedado desblocado por un tiempo acelerado de muros derrumbados para que el avasallamiento deprededador ya no tenga contenciones, banderas ni escrúpulos. Todavía lo recuerdan. ¡Y ha pasado tanto! Tanto de almanaque y tanto de acontecimientos, sobre todo por el caño maestro roto por la microelectrónica que no cesa y va a arrasar por lo menos con lo más significativo. Aún en un tiempo de heroísmos mucho más acotados, donde los jóvenes prefieren los símbolos neonazis con que orlan gallardetes del Torino y la Juventus, llegando sus proclamas al clánico unitarismo amoroso del enemigo común que todo lo puede y gritos comunes de odio sólo contra la merda de los violetas de la Fiore, esto es, los inmundo y eternos basura de los Medici que no se terminan de morir. El había anotado para su intimidad en los días difíciles del monte, cuando la Resistencia: «Nunca tendré un lugar en el mundo: un trabajo, un amor». En voz baja, respetuosa, sus camaradas comunistas siempre fueron benevolentes y le perdonaron en vida ese terrible pecado de leso marxismo como fue su constante desesperanza, tenida la mayoría de las veces de luctuoso fatalismo, y que ahora, recién ahora, generalizado como el cólera, el SIDA o una peste camusiana, ha pasado a ser reconocido como moneda corriente bajo la denominación genérica de el Fin de las Utopías. El simplemente lo había imaginado, borroneado más bien, desde las palabras -a las que siempre les adjudicó la trasparencia como virtud esencial, más que un fin contentador, aquella bendita imagen relato a la que persiguió en todos los formatos igual que aun amor único e imposible-, como una simple pérdida del verde, la piedra y la atmósfera originales. Todavía lo recuerdan. Y Turín conserva tranvías, en otra dupla resbaladiza, esquiva, como la de aquel compañero que él encontró que lo habían bautizado Pablo porque tocaba la guitarra. [AR]
[Nota para la sección Opinión del Río Negro, marzo 1993]
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