CRONICAS. Para el diccionario de la Real Academia Española, la palabra proviene del latín chronica y del griego, y remitió a los libros en que se refieren los sucesos por orden de los tiempos. Como primera acepción, se trata de una historia en que se observa ese particular ordenamiento. La segunda recién alude al artículo o información periodística sobre temas de actualidad. Aquí se ha tratado, sin proponérselo, de contar historias respetando ese orden rigurosamente temporal.

20.5.05

REENCUENTRO CON UN VIEJO Y DESCONOCIDO AMIGO

Turín todavía tenía tranvías. El tiempo le ha pasado porque se le nota en la pintura de los viejos edificios: un amarillo ocre que no sale de ningún laboratorio experimental. Los casi veinte kilómetros de pórticos (il portici, como dicen los nativos con orgullo) que signan a la ciudad y techan todas sus veredas permiten andarla incluso a despecho de cualquier rigor meteorológico. Además, las colinas están allí nomás, del otro lado del Po, y si la bruma se disipa la gente de toda edad no vacila en señalar el monasterio en esa cima donde al lado se estrelló el avión que llevaba al equipo completo del Torino, uno de los dos amados emblemas en que la ciudad escindió su pasión para recordarle al floreciente capitalismo, aun a costas de la Juve y los Agnelli que el pasado no se resigna así nomás. En el momento de pensar escribir una nota, ya habían pasado tantos años desde su muerte como los que decidió alcanzar a vivir. Por eso, el lugar elegido para tratar de conseguir un vago vestigio inicial fue una muy elegante librería de arte en pleno centro histórico. La madura turinesa no dudó ni preguntó el motivo: Hotel Roma, en el 60 de la Piazza Carlo Felice, justo la que está frente a la inmensa Stazione Portanuova, terminal que recibe los trenes-balas que cruzan los Alpes desde Francia y Suiza a casi 300 km/h. El lugar luce tres estrellas pero es más bien magro y se le nota el esfuerzo por no tratar de ostentar nada. Luciano Sanseverino, a cargo esa mañana de la conserjería, un treintón con una estampa y una elegancia dignas de trabajar como modelo para Fiorucci, tuvo hasta una sonrisa cálida como primera reacción frente a si había sido allí donde Cesare Pavese había acabado con su vida, un tórrido verano de hacía ya poco más de cuarentidós años. Sin necesidad de ninguna otra incitación dio cuenta, en efecto, que el hecho había ocurrido en el tercer y último piso, en una de las habitaciones que daban sobre el lateral, a la plazoleta Paleocapa, pero que no había ningún otro rastro: tantas habían sido las remodelaciones y los cambios de dueño. -Lamento sinceramente no poder serle más útil -fue la coronación de su informe. Las ventanas no dicen nada. Allí, en el cuaderno de su diario de vida que él mismo tituló, con lápiz rojo y escolar caligrafía, Il mestiere di vivere (el oficio de vivir), anotó por última vez el viernes 18 de agosto de 1950: «Basta un poco de valor. Cuanto más determinado y concreto es el dolor, más se debate el instinto de vida, y cae la idea del suicidio. Parecía fácil al pensarlo. Y sin embargo lo han hecho mujercitas. Se necesita humildad, no orgullo. Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más». Del jueves, apenas unas pocas horas antes, quedó anotado: «Los suicidas son homicidas tímidos». Las biografías y artículos recordatorios omiten piadosamente la técnica y metodología empleadas para aquel acto postrero. La obra propia como escritor de ficciones, poeta y ensayista, sin contar la de traductor del inglés, sobre todo por su afición a los hard boiled norteamericanos en una época en que no era un tic de los progre, resulta difícil de compatibilizar con los escasos 42 anos que él decidió vivir, encima con una guerra de por medio en que fue deportado y luego combatió como partisano. Atilio Dabini, a quien la cultura argentina le debe mucho como traductor del italiano de lo mejor de esa generación de grandes escritores, como también que en italiano se conozca bastante de lo muy bueno en la materia hecho por argentinos, y que se fue sin que se lo hayamos reconocido, vivió aquella realidad y trató con Pavese. En el asilo de ancianos del Gran Buenos Aires donde pasó sus últimos días, a principios de los '80, sólo atinó a responder así: «Ah, Chesare, Chesare», con el acento exacto que no había perdido, «él siempre escribía». Mientras otros intelectuales dormían o aceitaban el arma, con una vela o una lámpara, bajo el capote, en los montes, a pesar del riesgo de ser blanco de una patrulla alemana, en una pequeña libreta se pasaba las horas anotando y anotando. Sus únicas publicaciones de poemas se titularon Lavorare stanca (trabajar cansa) y Verrá la morte e avrá i tuoi occhi (vendrá la muerte y tendrá tus ojos). Mi primer contacto personal con Pavese fue por Il compagno (el compañero), una novela que por los '60 tenía especiales significados al señalar que «lo importante no es estar preso, sino saber por qué se lo está». Sin embargo, hay una tensión interior que no se resuelve al ser una narración que se sostiene sólo por tratar de explicar la primera oración: «Mi dicevano Pablo perché suonava la chitarra». ¿Cómo se le puede decir o llamar a alguien Pablo, en castellano en el original, para colmo, porque toca la guitarra? ¿Qué tiene que ver? ¿Por qué semejante dislate se emperra en hacernos noche y no dejar de amenazar con que es un acertijo sólo para elegidos? Pavese no fue oficiante de los dogmas oficiales del llamado arte socialista. El extrañamiento en Calabria a que fue sometido durante los primeros anos del fascismo le mostraron que a los despotismos les importa poco las cavilaciones de sus intelectuales y sí la comunicación entre ellos y el pueblo, la que fue cortada de cuajo. Expresiones como ir al pueblo resultan ridiculizadas en sus anotaciones íntimas. En cambio, cuando apenas faltan semanas para la última decisión, no sólo encuentra que la belleza y el placer de viajar giran en torno a «redescubrir nuestro propio lugar», que en este caso era justamente este Turín final, sino que se anima a formular una directa «relación entre tierra y cultura, en las raíces campesinas (botánicas y minerales) del arte». El remate de lo apuntado aquel 26 de febrero de 1950 es estremecedor: «Pero cuando una civilización ya no es campesina, ¿cuáles serán las relaciones radicales de su cultura? ¿Estamos ya al margen del influjo botánico, mineral, climático de la tierra sobre el arte? Eso parece».

En el Piamonte y en su orgullo máximo, Turín, cuna del movimiento obrero italiano y de pensadores marxistas como Antonio Gramsci, lo recuerdan. Un viejo florista puso lo suyo al informar que Pavese cultivaba el vicio, la pequeña debilidad de desayunar en el Caffé Platti, muy cercano del Roma, en la principal esquina de los Corsos Vittorio Emanuele II y Re Umberto, que dal 1875 perfeziona la ospitalitá, según rezan las servilletas, de fina y exquisita pastelería, mermeladas artesanales hechas con frutas de esas colinas que él tanto amó y perpetuó como nadie, un salón de té al fondo con candelabros y sillones forrados en pana roja, carcomida por ser contemporánea de esa hospitalidad. En la Mole Antonelliana, con su cúpula-aguja a 75 metros sobre la ciudad, que la comunidad judía erigió primitivamente como sinagoga y luego legó a Turín para escándalo de los gentiles, uno de los ascensoristas recordó que había una calle, tenía que haber una Via con el nombre del escritor entrañable. En una guía no comercial, en efecto, aparece una pequeña y oscura Cesare Pavese en el barrio obrero de Montefiore, camino al inmenso Palazzo Stupinigi, allá al fondo de un Corso Unione Soviética que ha quedado desblocado por un tiempo acelerado de muros derrumbados para que el avasallamiento deprededador ya no tenga contenciones, banderas ni escrúpulos. Todavía lo recuerdan. ¡Y ha pasado tanto! Tanto de almanaque y tanto de acontecimientos, sobre todo por el caño maestro roto por la microelectrónica que no cesa y va a arrasar por lo menos con lo más significativo. Aún en un tiempo de heroísmos mucho más acotados, donde los jóvenes prefieren los símbolos neonazis con que orlan gallardetes del Torino y la Juventus, llegando sus proclamas al clánico unitarismo amoroso del enemigo común que todo lo puede y gritos comunes de odio sólo contra la merda de los violetas de la Fiore, esto es, los inmundo y eternos basura de los Medici que no se terminan de morir. El había anotado para su intimidad en los días difíciles del monte, cuando la Resistencia: «Nunca tendré un lugar en el mundo: un trabajo, un amor». En voz baja, respetuosa, sus camaradas comunistas siempre fueron benevolentes y le perdonaron en vida ese terrible pecado de leso marxismo como fue su constante desesperanza, tenida la mayoría de las veces de luctuoso fatalismo, y que ahora, recién ahora, generalizado como el cólera, el SIDA o una peste camusiana, ha pasado a ser reconocido como moneda corriente bajo la denominación genérica de el Fin de las Utopías. El simplemente lo había imaginado, borroneado más bien, desde las palabras -a las que siempre les adjudicó la trasparencia como virtud esencial, más que un fin contentador, aquella bendita imagen relato a la que persiguió en todos los formatos igual que aun amor único e imposible-, como una simple pérdida del verde, la piedra y la atmósfera originales. Todavía lo recuerdan. Y Turín conserva tranvías, en otra dupla resbaladiza, esquiva, como la de aquel compañero que él encontró que lo habían bautizado Pablo porque tocaba la guitarra. [AR]

[Nota para la sección Opinión del Río Negro, marzo 1993]